Domingo II de Pascua
La celebración de la Pascua nos introduce en la alegría del Señor Resucitado. Sentimos en nuestra vida los efectos de la Resurrección de diversos modos y maneras. Se trata de afinar nuestra mirada para encontrar motivos para alegrarnos de corazón.
El texto de Juan (20, 19-31) no nos está contando una crónica de sucesos de hace dos mil años. Lo que leemos es el clímax de una historia de amor: Jesús vuelve, sencillamente, porque no sabe estar lejos de los suyos. Vuelve para que nuestra alegría sea plena, cumpliendo esa promesa que tantas veces nos cuesta creer en los días grises. No es una visita de cortesía; es el Señor dándonos el Espíritu Santo, nuestro carné de identidad como Iglesia.
Jesús no espera a que estemos listos, ni a que hayamos ventilado nuestros miedos. Se planta en el centro de nuestras puertas cerradas para ofrecernos tres regalos que lo cambian todo:
Paz: No como ausencia de problemas, sino como ese centro de gravedad que nos permite mantenernos en pie cuando fuera arrecia la tormenta.
Aliento: Jesús exhala su Espíritu, como en un nuevo Génesis, recordándonos que siempre es posible volver a empezar.
Misión: Porque la paz que se queda encerrada en uno mismo termina por viciarse. Se nos da para ser enviada.
LECTURA ORANTE DA PALABRA - DOMINGO II de Pascua - 2026
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